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Cómo se Cata un Vino: Guía Práctica para tu Primera Cata en La Rioja

El enólogo sirve dos dedos de vino, gira la copa dos veces, mete la nariz dentro y no dice nada durante quince segundos. Alrededor de la mesa, seis personas hacen exactamente lo mismo con la esperanza de que nadie se dé cuenta de que no saben por qué lo hacen. Esos quince segundos de silencio son el momento más incómodo de cualquier visita a una bodega, y se arreglan con cuatro ideas.

Manos sosteniendo una copa de vino tinto por el tallo en una sala de cata en penumbra, el gesto correcto para catar un vino en una bodega de La Rioja

De un vistazo

  • · Una cata tiene tres fases: vista, olfato y boca. No hay una cuarta secreta, y ese es todo el método.
  • · La copa se gira para que el vino suelte los aromas menos volátiles, no por ceremonia. Dos o tres vueltas cortas bastan.
  • · Se escupe por aritmética, no por desprecio. Con ocho o diez segundos en boca el vino ya está catado; a partir del cuarto o quinto no se juzga igual.
  • · Se sujeta por el tallo: la mano calienta el vino y las huellas estropean la fase visual.
  • · En vendimia se cata algo que el resto del año no existe: mosto sin fermentar y vino a medio hacer, directo del depósito.

Nadie nace sabiendo catar. La buena noticia es que el método que usan los profesionales es corto, es público y se aprende en una tarde. Lo que separa a un catador de un aficionado no es un don, es haber probado muchas veces con atención y tener las palabras para describirlo.

Las tres fases de una cata de vino

Toda cata, la de un concurso internacional y la de un sábado por la tarde, se ordena igual: primero se mira, después se huele y por último se prueba. El orden no es negociable, porque cada fase condiciona la siguiente.

Fase visual: qué se mira de verdad

Se inclina la copa unos cuarenta y cinco grados sobre un fondo claro, un mantel blanco o una servilleta, y se mira el color, el brillo y la limpieza. El borde del líquido, lo que se llama el ribete, es lo que más cuenta: en un tinto joven tira a violeta y en uno con años en botella se va hacia el teja. La vista no dice si un vino es bueno, dice cuántos años tiene y cómo lo han tratado.

Fase olfativa: la que se lleva el ochenta por ciento

Primero se huele la copa quieta, que es donde salen los aromas más ligeros. Después se gira y se vuelve a oler. Los manuales dividen lo que aparece en tres familias: aromas primarios, los que vienen de la uva; secundarios, los que deja la fermentación; y terciarios, el famoso bouquet, que es lo que aporta la crianza en barrica y en botella. En un Rioja con años a la espalda esa tercera familia es justo lo que se ha ido a buscar.

Fase gustativa: ataque, paso y final

El primer contacto se llama ataque. Después se pasea el vino por toda la boca, porque la lengua no percibe lo mismo en cada zona, y se valora acidez, dulzor, cuerpo y taninos, que es esa aspereza seca que deja el tinto en las encías. Al final se mide cuánto dura el sabor cuando el vino ya no está: eso es la persistencia, y es el dato que mejor distingue un vino corriente de uno serio.

¿Por qué se gira la copa de vino?

Porque el aroma no sale solo. Al mover el vino contra las paredes de la copa se amplía la superficie en contacto con el aire y se liberan los compuestos aromáticos menos volátiles, los que en reposo se quedan dentro. Girar la copa no es un gesto de estilo: es la diferencia entre oler la mitad del vino y olerlo entero.

Dos o tres vueltas cortas, con la base apoyada en la mesa si no hay confianza en el pulso, y a oler enseguida. Girar diez veces no mejora nada y sí garantiza acabar con el mantel manchado.

¿Hay que escupir el vino en una cata?

En una cata con varios vinos, sí, y la razón es aritmética: un vino no se juzga bien con alcohol encima. Si se traga cada muestra, al cuarto o al quinto la capacidad de distinguir se ha ido. Escupir no es desprecio hacia lo que sirven, es lo que permite llegar entero al final.

Y no se pierde nada: con el vino ocho o diez segundos en la boca ya está catado por completo. Todo lo que ocurre después de tragar es placer, no información. En una comida se traga; en una cata de seis referencias, la escupidera está encima de la mesa por algo.

De ahí sale, por cierto, un problema logístico que casi nadie anticipa y que está contado aparte en quién conduce después de la cata: por mucho que se escupa, una mañana de tres bodegas deja a cualquiera fuera de combate para volante.

Catar durante la vendimia: lo que solo existe en septiembre

Hay una ventana de seis semanas, entre septiembre y octubre, en la que varias bodegas de Rioja ofrecen algo que el resto del año no existe: uva recién cortada del racimo, mosto dulce y turbio antes de que arranque la fermentación, y el líquido áspero e inacabado de un depósito en plena faena.

Es la mejor clase de cata que existe para un principiante, porque enseña de dónde viene cada cosa. Probar el mosto y volver a probar el mismo vino tres años después es entender el oficio entero en dos tragos. Qué se ve exactamente por dentro de una bodega en esas semanas está detallado en si se puede visitar una bodega en plena vendimia, y lo que ocurre en el viñedo de madrugada, en por qué la mejor uva se corta de noche.

El precio de esa ventana es la disponibilidad: septiembre es el mes de más demanda del año en enoturismo riojano y los aforos se llenan pronto, así que las plazas se reservan con semanas de antelación. Los rangos habituales de una visita en Haro están en cuánto cuesta visitar una bodega.

Aprender a catar sin público: la ventaja de una casa entera

Una cata en grupo abierto tiene un problema para quien empieza: hay quince personas escuchando y las preguntas obvias no se hacen. Cuando la sala es vuestra, se pregunta todo, se repite un vino y nadie mira el reloj. Ese es el formato de las catas privadas que se organizan entre las experiencias del Palacio, con la mesa puesta en casa y el enólogo enfrente.

Hay además una razón geográfica: en Haro, las bodegas centenarias del Barrio de la Estación están a pocos minutos a pie unas de otras. Se sale andando, se cata, se vuelve andando. Dormir en un palacio del siglo XVIII en el centro del pueblo convierte esa ventaja en el plan entero del día, con la zona de wellness esperando de vuelta y tres siglos de historia alrededor de la mesa.

Preguntas Frecuentes

¿Cuáles son las tres fases de una cata de vino?

Visual, olfativa y gustativa, siempre en ese orden. En la primera se mira color, brillo y limpieza sobre un fondo claro; en la segunda se huele la copa en reposo y después de girarla; en la tercera se valoran ataque, acidez, cuerpo, taninos y persistencia. No hay más método que ese.

¿Por qué se gira la copa de vino?

Para aumentar la superficie del vino en contacto con el aire y liberar los compuestos aromáticos menos volátiles, que en reposo no llegan a la nariz. Bastan dos o tres giros cortos y oler inmediatamente después; girar más no aporta nada.

¿Hay que escupir el vino en una cata?

Cuando se catan varios vinos seguidos, sí. El alcohol acumulado impide juzgar con criterio a partir del cuarto o quinto, y con ocho o diez segundos en boca el vino ya se ha catado entero. En una comida, evidentemente, se traga.

¿Cómo se sujeta la copa?

Por el tallo o por la base, nunca por el cuerpo. La mano transmite calor y sube la temperatura del vino, y las huellas en el cristal estropean la fase visual. Es el detalle más fácil de corregir y el que más delata a quien nunca ha catado.

¿Se puede catar mosto durante la vendimia?

Sí. Entre septiembre y octubre varias bodegas de Rioja ofrecen probar uva recién cortada, mosto antes de fermentar y vino en plena fermentación sacado del depósito. Es la forma más rápida de entender de dónde sale cada aroma, y solo existe durante la cosecha.

¿Hace falta saber algo antes de ir a una cata?

No. Sirve con conocer las tres fases y perder el miedo a describir lo que se huele con palabras propias. Lo que de verdad ayuda es catar en grupo pequeño, donde se puede preguntar sin público y repetir un vino sin que nadie mire el reloj.

Al final de una cata bien llevada no se sale sabiendo más nombres de vinos. Se sale distinguiendo cosas que ayer estaban ahí y no se notaban: que ese tinto raspa un poco en las encías, que el olor cambia por completo después de girar la copa, que el sabor de uno se va enseguida y el del siguiente sigue en la boca medio minuto después. Eso ya no se olvida, y se practica cada noche con una botella cualquiera.

Aprender a Catar en la Mesa de un Palacio

Un enólogo enfrente, seis copas delante y ninguna prisa, en un edificio del siglo XVIII reservado entero para vuestro grupo, a cinco minutos a pie de las bodegas centenarias de Haro.

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